historias de papás: Alfonso Buitrago Londoño

I think you will spend 749 seconds reading this post

Quiero compartir contigo un relato precioso que encontré esta mañana: una historia muy personal de un #neopadre sobre su forma de enfocar la paternidad, dar el paso para llegar a ser papá y sus formas de creación de vínculos con su peque 🙂

Aquí lo tienes y también es su sitio

Vida, hambre y resurrección de un recién nacido

Alfonso Buitrago Londoño. Ilustración: Mónica Betancourt

 Hubo tres momentos en mi adolescencia en los que pude convertirme en padre de manera imprevista, pero los sustos, así les dicen, no se concretaron. Lo que sí se concretó en mí fue cierta conciencia de que la paternidad sería una decisión que no sabría cómo tomar.

 

Muchos años después decidí vivir con una mujer que tenía fecha definida para ser madre. Cada vez que hablábamos del asunto yo oía una advertencia: “no paso de los 35 años sin conseguirlo”. Y cada vez me parecía una advertencia prematura, siempre había asuntos por resolver, no era algo de lo que debía huir inmediatamente.

 

El tema de los hijos reaparecía de tanto en tanto. Natalia repetía lo de la edad y yo la evadía diciéndole que podía imaginarme mi vida sin hijos. “Contigo o sin ti”, me decía. No le protestaba, estaba en su derecho. Poco después de su cumpleaños 36 le dije que no me preguntara más, que si quería tener hijos tomara ella la decisión y yo aceptaría lo que viniera.

 

***

 

Ha pasado un poco más de 48 horas desde el nacimiento de Lorenzo y Natalia ha llorado dos veces. En dos días se le han derrumbado los dos principales propósitos que tenía con su primer hijo, en los que confiaba la salud de la criatura y un vínculo fuerte con ella. Yo apenas atinaba a ser un observador sin mucho por decir. Se me iba el tiempo pensando si también debía establecer un vínculo.

 

Natalia no sabía si le salía suficiente leche y sentía el llanto del bebé encajado en el útero, todavía expandido y hueco, como un grito de ultratumba. Se imaginaba que cada minuto que pasaba era para Lorenzo como una hambruna irlandesa, de esas que inspiraron Una modesta proposición o Las cenizas de Ángela.

 

Lo que para ella era razón suficiente para derramar sus lágrimas, entregarse a la angustia y a la tristeza, para mí no era más que un incómodo apremio de dos días. Dudaba que fuéramos capaces de matar de hambre a Lorenzo en tan corto tiempo.

 

Al final del embarazo, después de la última ecografía –tomada en un consultorio que parecía la sala de control de un submarino, con un médico sentado en una especie de consola capaz de hacerte sentir el ruido del paso de la sangre por las arterias, medir el perímetro cefálico y calcular la capacidad pulmonar–, el ginecólogo nos dijo que en el parto Natalia podía desgarrarse.

 

La consola predijo que el bebé podría pesar más de 3.600 g y todavía le quedaban dos o tres semanas para seguir creciendo. Más de lo que Natalia podía soportar. Antes de nacer, Lorenzo era una pequeña marmota que podía lastimar a su madre, 48 horas después era posible que estuviera muriendo de hambre.

 

Finalmente, el cuerpo de Natalia, quizás más precavido que ella misma, detuvo las contracciones cuando estaba en siete cm de dilatación –le quedaban tres para iniciar la etapa expulsiva– y la pequeña marmota, tal vez asustada, decidió cagarse dentro del útero, un acto que se nombra con una palabra como de reino antiguo: meconio, y que en algunos casos se asocia con sufrimiento fetal. Entonces la ginecóloga sentenció: cesárea.

 

El primer propósito de Natalia, tener un parto natural, quedó hecho ruinas: sin dilatación y meconiado –así se dice.

 

No quería pensar en las horas que pasó en los cursos preparatorios del parto; ni en las asesorías que pagó a una experta doula, especie de partera entrenada en técnicas ancestrales; ni en los dibujos que hizo en cartulinas y cargó hasta el hospital para que guiaran los pasos que debía seguir: respirar como si llenara y vaciara una vasija ubicada en la pelvis, recibir masajes en la espalda para distraer el dolor, caminar pensando que atravesaba un laberinto; ni en las diez horas de contracciones que aguantó como Gandhi en resistencia civil.

 

Yo no lograba identificar mis sentimientos. Durante el parto estuve más preocupado por tomar fotos, grabar un video, hacer sonar el CD con la música que le poníamos durante el embarazo, contarle a Natalia que iba bien, asegurarme de que se lo pusieran al lado una vez terminaran de pesarlo, limpiarlo, inyectarlo y vestirlo… Todo eso sin dejar de mirar el vientre abierto de Natalia, en el que la ginecóloga trabajaba, y su expresión entre asustada e impaciente. No lloré cuando la enfermera me entregó el bebé; el corazón no se me desbocó.

 

Empezaba a darme cuenta de que si existía una manera para que un padre estableciera un primer vínculo con un hijo, en mi caso podría ser una meramente operativa. Un amigo me había dicho que tener un hijo era estrenar medio corazón; otro que era la única razón por la que se haría matar sin pensarlo dos veces… Y entonces, además del vínculo, en esas primeras 48 horas, me pregunté: “¿Cuándo empieza uno a querer a su hijo?”, y miraba a Natalia y me parecía que iba a llorar.

 

El primer pediatra que nos visitó en la habitación del hospital donde pasamos la noche –Lorenzo nació a las 9 p.m.– trató de tranquilizarnos.

 

—Los primeros días los bebés maman a voluntad —dijo.

—¿Las veces que les da la gana? —dije.

—¿Cómo sé que está lleno? —dijo Natalia.

—Difícil —dijo el pediatra.

 

He ahí el problema. Si Lorenzo fuera un renacuajo, uno podría ver el nivel de leche a través de su piel, pero los humanos son impenetrables desde que nacen. A la madrugada del segundo día, después de larguísimos minutos de gritos de Lorenzo y del primer llanto de Natalia, el segundo propósito, que era alimentarlo exclusivamente con leche materna, también fracasó: fue el momento del primer tetero.

 

Fiel hija de esta tierra que aloja la Liga de la Leche y sus fanáticos –en la que hay niñas que paren sin todavía tener tetas y mujeres con tetas infladas de silicona que no amamantan–, Natalia quería alimentar a Lorenzo exclusivamente con leche materna –¿tengo que decirlo?, no fui a la clase de lactancia del curso prenatal–. Pero el llanto de la madre y los gritos secos del bebé triunfaron: se haría justicia humana, así fuera en contra de la naturaleza y sus anticuerpos. Por si todavía queda alguien que no sepa, la leche materna fortalece el sistema inmune del bebé y cuenta con logias en los cinco continentes.

 

La hambruna que azotaba a Lorenzo se detuvo. Parecía que al pobre muchachito, que finalmente no nació tan grande (pesó 3.345 g), lo hubieran anestesiado, dejándolo inconsciente. Chupando ese caucho antinatural del tetero cerró los ojos y durmió hasta el amanecer.

 

En la mañana le dimos otro. Lorenzo parecía sin alma, pero tenía la panza llena y se veía complacido.

 

Al mediodía vino la ginecóloga. La cicatriz de la cesárea estaba bien, el niño había sobrevivido, el padre debía andar por ahí…

 

—¿Y la leche? —dijo.

—No sé, no estoy segura —dijo Natalia apachurrándose un pezón.

—Muy bien, sale.

—Sí, pero…

—Tienes que pegarlo para que te estimule.

—No lo despego ni un minuto, pero no para de llorar.

—¿Durmió bien?

—Mmmmm… —Natalia se resistía a confesar—. Le tuvimos que dar tetero.

—¡¿Tetero?! —dijo la ginecóloga con cara de no saber nada de hambrunas ni de Swift ni de McCourt.

 

Natalia, regañada, no fue capaz de explicarle que no soportaba la idea de que su bebé muriera lentamente pegado a su pezón, como un huérfano abandonado en un invierno, como una vendedora de cerillas o de rosas que sueña con su abuela. Prefirió callar y reconoció su culpa; reconocimos nuestra culpa, pues fui yo el abanderado del tetero.

 

“¡Cuidado, doctora!”, pensé. Me estaba convirtiendo en un padre con una causa. Y establecería mi primer vínculo envasado y con fórmula química. Pero ese día, temerosos de traicionar a esta patria lechera, prematura e inflada, le prometimos a la ginecóloga que en adelante solo le daríamos leche materna, aunque eso significara que el vínculo entre Lorenzo y Natalia sería una soldadura de pezones y encías. A cada mínimo intento de llanto, la más leve mueca, Natalia lo pegaba. Se pasaba el día con el niño acechando su pecho.

 

Lorenzo parecía un zombi buscando carne que comer, con los bracitos en ele como una mantis religiosa lista para cazar. Apenas sentía el pecho de Natalia clavaba la cabeza como un pájaro carpintero. A ella le parecía que sus tetas tenían oídos, pues al primer grito del bebé sentía cosquilleos en los pezones.

 

Nos preguntábamos si era normal que pasara cuatro horas pegado, pues Natalia apenas alcanzaba a medio bañarse y a medio cepillarse los dientes y Lorenzo se desgarraba la garganta, con la cara enrojecida y el frenillo de la lengua vibrando como el filamento de una bombilla a punto de estallar. Y nos pusimos de acuerdo temporalmente: era la manera de evitar que Lorenzo muriera de hambre y de estimular la producción de leche.

 

“A voluntad, a lovuntad, a tadvoltu”, retumbaban en mi cabeza las palabras del pediatra. Para no enloquecer, a cualquier gesto de Lorenzo le suplicaba a Natalia que no se olvidara de “establecer el vínculo”.

 

Un amigo médico vino a visitarnos y nos dijo que sí, que era normal que quisiera estar pegado todo el tiempo.

 

—Lo que deben fortalecer es la confianza básica.

—¿Confianza básica? —dije.

—Además del vínculo, un bebé debe tener un llanto vigoroso y ganar confianza básica.

—Ajá…

 

Llanto vigoroso, tenía, no había duda. Si comiera gritos, Lorenzo no pasaría hambre nunca. Con lo del vínculo lo que me preocupaba no era tanto su establecimiento, sino todo lo contrario: cómo harían madre e hijo para destetarse después. Pero la confianza básica me desubicó.

 

—No tiene misterio —dijo el amigo—. Lo importante es que el niño sepa que no está solo, que sus reclamos serán atendidos.

 

“Ah, bueno. No importa que se esté desnutriendo mientras grite como un torturado, con toda la confianza básica de un moribundo rodeado por sus familiares”, pensé.

 

A los cinco días del nacimiento fuimos a ver al pediatra. Cuando lo puso en la báscula vimos que Lorenzo pesaba 600 g menos: había perdido mucho más del diez por ciento de su peso, que es lo normal para la primera semana de vida.

 

—No pasa nada. Va a necesitar que lo reforcemos.

—¿Reforcemos? ¿Con leche de tarro? —dije.

—Así es. A la madre no le está saliendo suficiente leche.

 

Fue cuando Natalia lloró por segunda vez. El pediatra le preguntó qué era lo que más le angustiaba, pero ella no respondió. Recordó la cirugía de reducción mamaria que se había hecho cuando era adolescente y las advertencias sobre las consecuencias que podía tener al momento de amamantar…

 

—Le vamos a dar una onza de leche, y para la madre una cita con una psiquiatra.

—¿Psiquiatra? —dije y la miré. Ella asintió con la cabeza.

—Puede que no sea nada, pero es mejor descartar una depresión.

 

Hasta ese momento, lo que habíamos planeado había salido al revés: lo que nos habían recomendado, lo que habíamos leído, sucedía de forma incoherente e imprevista. Lorenzo se abría paso a su manera.

 

***

 

Por esos días tuve que hacer un viaje. Entonces tuve una primera impresión de lo que uno puede sentir por un hijo: me entristeció pensar que si me pasaba algo no volvería a verlo.

 

A mi regreso tuve algunas cosas claras. Pasado un mes del nacimiento de Lorenzo descubrí que no hay nada como un tetero para que una madre recupere su confianza básica y un padre establezca algún tipo de vínculo, aunque el bebé lo vea como una figura extraña que le mete a la boca algo que parece un pezón y sabe como a leche.

 

Lorenzo escapó a la hambruna con 1.200 g más de peso y siguió exhibiendo su vigoroso llanto. Cada vez que se despierta parece como si regresara de una anestesia general, como si recordara lo que sintió cuando las manos de la ginecóloga lo sacaron del vientre de su madre.

 

Algunos expertos dicen que en el recuerdo del parto se puede encontrar la explicación a muchos traumas adultos; dicen también que el bebé que nace por cesárea se pierde del extremo placer que significa el parto natural y conserva solo la memoria de la parte dolorosa, y por eso serán seres en constante búsqueda de afecto.

 

Quizás en un futuro estas palabras le ayuden a Lorenzo a recordar lo que tenga que recordar, y espero que en el camino haya encontrado el afecto que necesitaba.

 

Puedo decirle que durante su primer mes de vida no era la marmotica que vaticinó la consola de la ecografía; parecía más bien un sapito barrigón, con las piernas y los brazos abiertos, que chapaleaba y se sumergía en una vida normal, con sabor a caucho y a leche de tarro… pero normal.

y tú ¿qué dices?